¿Qué hacemos cuando sabemos que alguien está sufriendo o tiene problemas? ¿Qué hacemos cuando vemos tanto dolor en el mundo? Es probable que respondamos: “Quiero ayudar, quiero estar ahí”. Pero ¿qué si estuviésemos demasiado lejos? ¿Qué si la persona necesita algo que no tenemos o no la conocemos? ¿Qué si existe un problema difícil que está más allá de nuestra capacidad para resolverlo?

 

En esa situación,  tenemos un recurso, un arma poderosa; la oración.

 

Jesús miraba a los que estaban a su alrededor y veía sus necesidades. Él se preocupaba por todos los que sufrían. Él recibía con amor a los pobres, a los desechados, a los ciegos, a los leprosos. Aun cuando las multitudes estaban escuchando su predicación, Jesús sabía que tenían hambre y les dijo a sus discípulos que les dieran algo de comer. El amor de Jesús por la gente lo hacía sufrir con los que sufrían.  Jesús “fue movido a misericordia” y “tuvo compasión” al ver las necesidades de la gente.

 

Compasión significa “sufrir con, sentir los sufrimientos de los demás como si fueran sus propios sufrimientos”. Esta compasión llevaba a Jesús a la oración y a la obra. Sus milagros eran en gran medida el resultado de su compasión, la manifestación del amor de Dios al subsanar las necesidades de la gente. “Y… vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos”. (Mateo 14:14).

 

¡Qué privilegio tenemos de poder trabajar con Dios ayudando a los demás por medio de la oración! En todas partes hay gente que necesita ser alentada y ayudada. Oramos por nuestra familia, por nuestros amigos y por nuestros vecinos. Qué decir de los maestros de escuela, de los dirigentes de la iglesia, de los funcionarios gubernamentales. Todos necesitan la ayuda y la guía de Dios. Oramos por nuestra nación y por otras naciones; por todos los que sufren, por los que necesitan a Cristo, por los hijos de Dios, dondequiera se encuentren y por lo que aún siguen sin conocer a Cristo.

 

A Dios le preocupan todas las necesidades humanas y él cuenta con la solución para todo problema. Trabajamos como sus colaboradores al compartir su preocupación, llevando al trono de su gracia las necesidades de la gente, prestando oído atento a sus instrucciones, y luego haciendo lo que nos dice que hagamos. Su Palabra, además, nos muestra y nos dice cómo debemos orar por los demás.

 

Estamos sumergidos en un mundo globalizado, encerrándonos cada vez más en nosotros mismos.  Nos estamos haciendo más individualistas, y nuestra visión no va más allá de  nuestras “narices” negándonos a ver (o preferimos no ver) el dolor y la miseria ajena.  Nos estamos enfriando más y cerrando espiritualmente. Peor todavía, algunos ven los problemas de los demás sin sentir ninguna preocupación, lástima ni pesar por los que sufren.

 

Debemos orar para que Dios nos haga más sensibles a los problemas de los que nos rodean. Deberíamos aprender a orar por las necesidades de otros aunque no los conozcamos o por situaciones en las cuales no estamos involucrados, aunque no tengamos nada que ver. 

 

Hay situaciones devastadoras y de total incomprensión y miseria en el planeta  que nos movilizan a acompañar a los que sufren, pero así mismo nos resulta imposible viajar miles y miles de kilómetros para poder estar y consolar, abrazar.  Pero podemos sentir compasión y orar y suplicar al Dios bueno por ellos o por la situación que fuese.  Recuerden que “Las pequeñas y grandes batallas, se ganan en oración”.

 

¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. (Santiago 5:13–16)

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