“Yo voy por el camino de todos en la tierra. Sé, pues, fuerte y sé hombre”.  (1 Reyes 2:2)

 

Sí quedasen pocas horas para el fin del mundo y tuvieses que expresar tu sentimiento con palabras, ¿qué dirías?  ¿Cuáles serían tus últimas palabras?

 

Llegaron los días en que el rey de Israel, David, siendo muy anciano y próximo a su muerte, mandó llamar a su hijo y sucesor, Salomón y le dijo sus últimas palabras: “Sé, pues, fuerte”, fue su primera frase. Los que hemos seguido de cerca el testimonio de la vida del rey David, nos damos cuenta que estas palabras estaban respaldadas por una existencia de vida en donde el esfuerzo y la obediencia a Dios, fueron la nota destacada a lo largo de su vida.

 

Nada para él fue fácil.  Conoció el dolor y la amargura, la dicha y el placer, la paz y la guerra, siempre bajo situaciones de tensión que hubieran podido acabar con la fortaleza de cualquier hombre, pero no con la de David, el esforzado, David, un rey conforme al corazón de Dios, David el obediente.   Y por eso, sabía que para su hijo Salomón el mejor consejo que podía dejarle era: “No lograrás nada en la vida sin esfuerzo”.

 

Lo segundo que le pide David al futuro rey de Israel, es “sé hombre”. ‘Aprende a ser…’ o ‘pórtate como un hombre’ es el consejo de un rey a su sucesor. No lo estaba forzando a ser machista ni nada por el estilo, la exhortación iba en dirección a que usara todas sus potencialidades para realizarse como un hombre y dirigente de verdad.

 

 “Sé hombre” significaba ser totalmente humano, sin discriminaciones ni concesiones, con sus errores y aciertos. Aceptando tomar todos los riesgos que la vida le iba a presentar por delante.  Era no dejar que la vida se desgaste en sueños inútiles, sino que se desgaste en proyectos posibles.  Era ponerle el pecho a la vida, a las situaciones.

 

Pero David no terminó ahí su consejo, sino que más adelante, enfatizó su idea cuando le subraya: “Guarda los mandatos del Señor tu Dios, andando en Sus caminos, guardando Sus estatutos, Sus mandamientos, Sus ordenanzas y Sus testimonios, conforme a lo que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y dondequiera que vayas”. David le enfatizó a Salomón la necesidad de hacer que Dios y sus leyes fueran el centro de su vida personal y gobierno.  David le enseña a su hijo Salomón que no se trata solamente de llegar a la meta, sino de cómo llegar siendo irreprochable e intachable.  Siendo un hombre, esforzado y valiente, un hombre decente, amante y respetuoso de las leyes de Dios.  Y Salomón fue afirmado en su reino, y Jehová estaba con él y lo engrandeció en gran manera.

 

Finalmente, el mandato que el anciano rey David, da al joven y vital Salomón es el consejo que debemos guardar en nuestros corazones.  Una persona esforzada pero sin principios, ni valores, ni honradez, nunca podrá llegar a la estatura de un verdadero hijo de Dios.

 

Mientras tengamos vida y nuestro corazón siga latiendo, llegará el día en que podamos culminar nuestra carrera con gozo, teniendo la certeza de que hemos “…peleado la buena batalla, (hemos) terminado la carrera, (hemos) guardado la fe. En el futuro (nos) está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, (nos) entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida". (2 Timoteo 4:7-8). 

 

Oremos para que cada día, Dios nos esfuerce a pelear la buena batalla.  Seamos hacedores y no solamente oidores de la palabra de Dios y no nos preocupemos si caemos en nuestro intento; porque el guerrero más fuerte no es aquel que siempre vence, si no aquel que vuelve a la guerra para ganarla tras haber perdido la batalla.

 

"Las pequeñas y grandes batallas se ganan en oración".

 

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