¿Ciegos y sordos a la realidad?

 

Jesús alimentó milagrosamente a una multitud que no tenía que comer y en otro momento caminó asombrosamente sobre las aguas.  Sus discípulos estaban con Él, sin embargo continuaban sin entender sus prodigios y maravillas. 

 

Cuando Jesús se acercó al mar de Galilea le trajeron a un sordo y tartamudo y le rogaron pusiera sus manos sobre él.   Este pobre hombre vivía encerrado en sí mismo y sin poder comunicarse libremente. Ajeno al mundo exterior no se había enterado que Jesús estaba pasando cerca de él, es así que otros lo ayudaron y llevaron a Jesús.

 

Con este enfermo, Jesús actuó de una manera particular.  No produjo la sanidad delante de la gente, sino que lo llevó aparte a un lugar retirado e impuso sus manos sobre él. Allí trabajó intensamente, primero sus oídos y luego su lengua. Entonces Jesús mirando al cielo (acudiendo al Padre fuente de toda salvación), gimió y emitió una sola palabra: "Efata", es decir, "Abrete", en Arameo. Esta es la única palabra que pronuncia Jesús en todo el relato. Y al momento sus oídos fueron abiertos y su lengua se destrabó y pudo hablar bien.

 

¿Cuántas veces como cristianos necesitamos que Jesús pronuncie la palabra “efata” para que abra nuestro entendimiento a la verdad del Logos,  movilice nuestro corazón y se produzca el milagro?  ¿Cuántas veces leemos las Escrituras sin leer y nuestra lengua se encuentra más atada que la del tartamudo, no pudiendo dar palabra de consuelo o de sabiduría a los que aún están sordos y ciegos al conocimiento de la verdad y la salvación?

 

Los que han viajado a Roma, seguramente habrán visitado una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno, el Anfiteatro Flavio, más conocido como El Coliseo Romano.  ¿En algún momento se habrán preguntado qué era y para qué fue utilizado?  Cuantos recuerdan que fue un lugar de juegos paganos en donde se sacrificaban cristianos, gladiadores y animales mientras miles de espectadores (según Tertuliano) “fuera de sí, ya agitados, ya ciegos, ya excitados por sus apuestas” vitoreaban la barbarie, pedían más muertes. 

 

Los juegos eran una aceptación y diversión del asesinato impune y la degradación.  Cada vez que recordamos esos momentos de la historia, nos conmueven y pensamos: “gracias a Dios, ya pasó, es historia antigua, estos son otros tiempos”.

 

No seamos ciegos y sordos y contemplemos con la lente de la realidad.  Aun continúan los atentados, los sacrificios sin sentido, los crímenes contra los que profesan la fe en Cristo y contra inocentes, sigue la indignación por los que padecen injusticia, dolor e indiferencia hacia los refugiados , dolor por los que padecen hambre y enfermedades. ¿Cómo puede ser posible que como creyentes nos vayamos acostumbrando a un mundo globalizado de indiferencia?

 

Pareciera que este tipo de noticias ya no resultan asombrosas, sino que se ve como algo lejano como en un documental de History Channel donde simplemente somos espectadores y nada nos llega como debería.   Como seres humanos nos estamos enfriando “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará “ (Mateo 24:12), la capacidad de asombro va menguando y transformando en algo cotidiano, habitual.

 

No debemos acostumbrarnos a presenciar el sufrimiento de nuestros semejantes y no hacer nada. No seamos indiferentes al dolor, no permanezcamos ciegos y sordos al clamor del necesitado, total: “ojos que no ven, corazón que no siente”. 

 

Quizás tendríamos que hacer nuestra la pregunta que Jesús hizo a sus discípulos: ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?  ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Cómo aún no entendéis? (Marcos 8:17 y 21)

 

Aunque no podamos estar físicamente con el necesitado, que estén presentes nuestras oraciones y no dejar pasar la situación como una noticia más, como un hecho más.  Esto puede empezar a hacer la diferencia.  Y no solo eso, sino que es importante que miremos a nuestro alrededor, con nuestros amigos, vecinos, familiares y hasta con desconocidos, para ver si de alguna forma podemos ayudarlos en sus preocupaciones. 

 

No permanezcamos sordos al clamor de los necesitados  y mudos a dar a conocer que hay otra forma de vida, otra forma de pensar, otra forma de hablar, otra forma de expresar el amor y hay otra forma de actuar, y eso es de la mano de Jesús, nuestro Salvador y nuestro Maestro y Guía Espiritual.

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