Dos características nos ayudarán a reconocer el “buen fruto” en nuestra vida

El creyente que da fruto no es controlado por su entorno. Todos pasamos por pruebas y sufrimientos, pero quien tiene la llenura del Espíritu no pierde su fruto por circunstancias adversas. Mantiene su gozo, su paciencia y control, aun cuando las dificultades le abrumen. Si le hablan con dureza, responde con amabilidad. Puesto que el Espíritu Santo tiene el control, es libre para producir su fruto sin importar cuáles sean las circunstancias. A pesar de que como creyentes podamos sentir dolor, enojo o deseo de venganza, optamos por confiar en que el Señor nos protegerá y dirigirá el resultado.

 

Recuerdo el fastidio y mal humor que me causaba hacer una fila larga y tediosa en el Banco para realizar algún trámite.  Pero con el tiempo el Espíritu Santo obró y desarrolló ese fruto tan especial llamado “paciencia”  y fui aprendiendo a utilizar ese tiempo de otra manera, de una manera positiva, productiva.  Me enseñó a sacar provecho de ello.  Ya no me quejaba o protestaba por la situación sino que mientras tanto aprovechaba para leer un libro u organizaba mi agenda u oraba a Dios. El Espíritu Santo con sumo amor, dedicación (y paciencia) fue trabajando y moldeando ese fruto en mí sirviéndome para otras tantas y dispares situaciones.

 

Pero cabe recordar, que el fruto no se desarrolla de la misma manera en tiempo y forma en cada creyente.  Quizás algunos estén más predispuestos que otros, mas prestos y abiertos al consejo del Espíritu y a obedecer su voz; por lo tanto el Espíritu encontrará un terreno fértil y el fruto crecerá de manera rápida, mientras que en otros, el crecimiento será más lento y será hora de agregar abono para obtener una tierra más productiva.  El proceso dependerá de esa relación personal que cada creyente tenga con el Espíritu Santo.

 

Los creyentes que dan fruto se recuperan rápidamente después de una caída.   Los creyentes no somos perfectos, pero sí sensibles al fallo condenatorio del Espíritu, y nos apresuramos a volver al Señor en arrepentimiento. En realidad, estamos agradecidos por la corrección y alabamos a Dios por ello.   No solo por haber revelado nuestra debilidad, sino también por habernos traído de vuelta a la obediencia. Nadie produce estas asombrosas cualidades por sí solo. El empeñarse en ser buenos nunca funcionará. La transformación del carácter se produce cuando nos sometemos a Dios, dándole el total control de nuestra vida.

 

No hace mucho tiempo, el famoso reggaetonero de Puerto Rico, Wisin pasaba por uno de sus sufrimientos más terribles.  Su hija Victoria nació  con una enfermedad genética y tenía pocas posibilidades de vivir.  La bebé se mantuvo viva durante un mes hasta que falleció.  La reacción y palabras de su sentido padre el día de su partida fueron las siguientes: “Gracias mi Dios por un mes de vida, un mes de Victoria.  Dios da, Dios quita, ¡Bendito sea el nombre del Señor! Princesa Victoria, te volveré a ver en el cielo.   Que dolor tan grande tengo Dios, ayúdame”. Que entereza en un momento tan crucial, tan desesperante.  En su peor momento Wisin citó las palabras de Job 1:21 “El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor”.

 

Él, en ese momento pudo haber reaccionado con desesperación, maldiciendo, agrediendo u ofuscándose  inclusive con su propia esposa o por falta de respuesta por parte de Dios.  Sin embargo su corazón había sido moldeado y transformado por el Espíritu Santo.  Y dio sus “buenos frutos”; los frutos del dominio propio, de paz, amor, consuelo y resignación.

Los frutos del Espíritu Santo son buenos, productivos, abnegados, liberadores, edificantes, santos y transmiten vida en abundancia.  Son los que están en permanente lucha contra las malas acciones o los malos frutos. Aquellos que están agusanados, que suelen ser destructivos, perversos, egocéntricos, opresivos, pecaminosos y mortíferos.  Pues un “…árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos”. (Mateo 7:17).

 

La vida cristiana es una batalla entre las acciones de la naturaleza de pecado, y el fruto del Espíritu Santo. Como seres humanos caídos, aún estamos atrapados en un cuerpo que desea las cosas pecaminosas (Romanos 7:14-25). Sin embargo es uno de los principales propósitos de la vida cristiana, al permitir que progresivamente el Espíritu Santo produzca más y más de su fruto en nuestras vidas y conquiste nuestros opuestos deseos pecaminosos.

 

Nuestra tarea es anunciar el Reino de Dios y su justicia a través de nuestro comportamiento y aunque no sea fácil desarrollar el fruto y la tarea demandante, vale la pena intentarlo, vale la pena ir en busca de la gran cosecha,  “del buen fruto”. 

 

Dios nos ayude a desarrollar y vivir según el fruto de su Espíritu ya que hemos sido llamados a dar "buen fruto”  (Juan 15:16). 

 

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