Pobre en espíritu - (II Parte)

November 12, 2016

 

Paradigmas en el Antiguo Testamento

 

Ser “pobre en espíritu” (como habíamos visto en la I Parte), es tener ese temor santo y reverente ante un Dios tres veces santo.  Santidad que se expresa por igual en el Antiguo (Isaías 6:3) como en el Nuevo Testamento (Apocalipsis 4:8).  Dios es el  mismo en ambos Testamentos y no como se suele pensar a Dios como Dios de ira en el Antiguo Testamento en contra posición con un Dios de amor en el Nuevo Testamento.  Dios es santo, majestuoso y bendito que no cambia “Porque yo, el Señor, no cambio…” (Malaquías 3:6) y que “…es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8), y con “el cual no hay cambio ni sombra de variación” (Santiago 1:17). La santidad de Dios es eterna, así como Él es eterno.

 

Ser “pobre en espíritu” es todo lo contrario a un espíritu arrogante, orgulloso y soberbio.   Es experimentar en cierto modo lo que Isaías (6:5) sintió cuando tuvo la visión y expresó: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos…”.  Isaías, habiendo visto al Señor y escuchado la alabanza de los ángeles reconoció su impureza ante Dios.  La sublime visión que tuvo de Dios da un sentido de la majestuosidad, misterio y poder de Dios.  El trono, los serafines que lo servían y el triple “santo” enfatizan la santidad de Dios.

 

 O como el espíritu de un hombre como Gedeón (Jueces 6:15) a quien, cuando el Señor le envió un ángel para decirle lo que debía hacer, dijo: “Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manases, y yo el menor en la casa de mi padre”.  No nos equivoquemos, aquí no estamos frente a un hombre servil, sino ante un hombre que realmente creía lo que decía y que se estremecía ante el solo pensamiento de grandeza, honor y majestuosidad de Dios,  en contraste con su pequeñez, modestia y humildad.   

 

Fue el espíritu de Moisés (Éxodo 3:6 y 11), quien se sintió del todo indigno de la misión que Dios le había encomendado.  Cubriéndose su rostro tuvo miedo de Dios y le dijo, “Señor, ¿quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto  a los hijos de Israel?”

 

Continuara en la (III Parte) – Pobre en espíritu -  "David, futuro rey de Israel”

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