Pobre en espíritu - (IV Última Parte)

November 26, 2016

 

Paradigmas  en el Nuevo Testamento

 

El apóstol Pablo (conocido al comienzo como Saulo de Tarso) nació en el seno de una familia acomodada de artesanos judíos fariseos que poseían el estatuto jurídico de ciudadanos romanos.  Estudió en Jerusalén con los mejores doctores de la Ley, en especial con el famoso rabino Gamaliel, en donde adquiere una sólida formación teológica, filosófica, jurídica, mercantil y lingüística (hablaba griego, latín, hebreo y arameo).

 

Pablo fue un acérrimo perseguidor del cristianismo, pero una vez que tuvo ese encuentro personal con el Señor resucitado camino a Damasco, todo lo estimó como pérdida (Filipenses 3:8)  y este hombre, poseedor de tan grandes cualidades, se presentó en Corinto “…no con superioridad de palabra o de sabiduría,  pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y mucho temblor” (1  Corintios 2:1-3) y así se mantuvo siempre.

 

Si alguien hubiera podido sentirse suficiente era Pablo, sin embargo se sintió pobre en espíritu ante la Santidad abrumadora de Dios y no actuó como los hipócritas que les gustaba vanagloriarse y sentirse superiores orando de pie en las sinagogas y en las calles para ser vistos por todos (Mateo 6:5) o como el fariseo que subió al templo a orar junto al publicano.  En realidad, el fariseo no fue a orar con un corazón rendido al Señor, sino para aparentar y a mostrarse para que todo el que lo viese pensase: “que buena persona es”.  En cambio el publicano se humilló ante Dios reconociendo su pecado e imploró a la misericordia de Dios.  Creérselas como el fariseo conduce a la soberbia y al orgullo en donde actitudes como estas levantan un muro impidiendo llegue la bendición de Dios.

 

Pero que mejor ejemplo de pobreza en espíritu fue la vida misma de Jesús quien “…se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos” (Filipenses 2:7) siendo Él mismo “…la brillante estrella de la mañana.”  (Apocalipsis 22:16),  el “…heredero de todo (que) por medio de él, el universo fue hecho, siendo el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa”. (Hebreos 1:2-3).

 

Jesucristo, siendo el fiel reflejo de Su Santidad, quiso permanecer viviendo como hombre mientras estuviera en la tierra.  Y a pesar de que era en un ciento por ciento Dios (y ciento por ciento hombre), nada podía hacer por sí mismo sino que “Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras”.  (Juan 14:10).  Existía una total dependencia al Padre, lejos de todo orgullo, soberbia o amor propio, viéndose reflejada en su humilde vida de carpintero, orador y profeta, aguardando siempre en oración las órdenes del Padre.

 

Ser pobre en espíritu es también tener “hambre de Dios”.

 

Es no estar satisfechos ni conformes con nuestra condición. No debemos pensar que “ya lo logramos o que lo sabemos todo” en cuanto al Señor. Esto es un tanto peligroso ya que si creemos estar “llenos” espiritualmente a tal punto de no necesitar más la palabra de Dios o que nos exhorte el Espíritu Santo o que nos hable Jesús, caeremos en pedantería, engreimiento y en ser presuntuosos.  Pensar que ya alcanzamos la meta y que estamos “superados”,  nos impide oír, ver, percibir lo que el Señor Jesús verdaderamente nos quiera hablar en cualquier momento.

 

Debemos ser como niños pequeños que siempre andan cuestionando las cosas con ansias de saber y aprender cada día más.  Cuando somos pobres en espíritu, reconocemos que no tenemos nada, no sabemos nada y no podemos hacer nada sin su anuencia. Cuando venimos al Señor Jesús y a Su Palabra, no venimos con nuestro intelecto brillante, nuestra espiritualidad elevada o habilidad excelente. En lugar de eso, venimos abiertos a Él (muchas veces con el corazón partido en dos), reconociendo que lo necesitamos y listos para recibir Su palabra, aliento y dirección.  Nos encontramos como niños hambrientos por ese plato gourmet tan especial y sabroso que es el “alimento espiritual”.  De esta manera seremos bienaventurados, ya que de “los pobres en espíritu… es el reino de los cielos”  (Mateo 5:3).

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