Los planes de Dios para tu vida - (I Parte)

 

El pueblo hebreo pide rey                       

 

“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros, planes de bienestar y no de calamidad”.

 

Jeremías le escribía al pueblo exiliado en Babilonia.  Pero ¿por qué estaban en el exilio? ¿qué lo había motivado?

Si nos remontamos en la historia; cuando Dios libera a su pueblo de la cautividad en Egipto, los guía por medio de Moisés a través del desierto hacia la tierra prometida, pero les hace una advertencia, una vez instalados no debían de mezclarse ni hacer alianzas con las naciones vecinas ya que eran naciones incrédulas e idólatras. (Éxodo 34:11-12).

 

Sin embargo con el tiempo el pueblo quiso ser como las naciones vecinas y quisieron tener un rey.  Necesitaban un Dios visible, un Dios palpable. En realidad con esta decisión, el pueblo estaba rechazando a Dios como su líder.  Los israelitas querían leyes, un ejército y un monarca humano en lugar de Dios. 

 

Y así se lo hicieron saber a Samuel (profeta, sacerdote y juez) y Dios se los permitió: “Escucha la voz del pueblo en cuanto a todo lo que te digan, pues no te han desechado a ti, sino que me han desechado a mí para que no sea rey sobre ellos” (1 Samuel 8:7) no sin antes anticiparles lo que les iba a suceder (1 Samuel 8:9-17).  Pero el pueblo se había puesto terco y prefirió no escuchar (1 Samuel 8:19-20).

 

Así fue como Saúl pasó a ser su primer rey.  Con él se produjo la transición de la teocracia (gobierno de Dios) a la monarquía (gobierno dirigido por un rey).  A Saúl, le siguió David, luego Salomón y a este su hijo Roboam.  Todos estos reyes a pesar de ser del linaje de David, (rey conforme al corazón de Dios) no hicieron lo correcto ante los ojos de Dios.  Pecaron contra Jehová, permitiendo la entrada de dioses paganos: “Hemos pecado porque hemos dejado al Señor y hemos servido a los baales y a Astarot…”  (1 Samuel 12:10). Los reyes asintieron que entraran costumbres ajenas, paganas y sirvieron a otros dioses. 

 

A raíz del malestar reinante, ocurrió lo inevitable. Sobrevino la división del reino de Israel en dos, el Reino del Norte, Israel y el del Sur, Judá, donde el profeta Jeremías anticipaba palabra y juicio de Dios sin que el pueblo quisiese escuchar ni obedecer.  Hacían lo que más le placía, lo que querían.

 

 

No siempre lo que un cristiano debe proclamar, emitir juicio o testimoniar necesariamente “guste” a los demás (2 Corintios 5:13; Mateo 5:11).  Pero como hijos de Dios debemos jugarnos por la verdad y la rectitud; la palabra de Dios.

 

Continuará en la (II Parte) – Carta de Jeremías a los desterrados

 

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