Y oirás de guerras y rumores de guerra.

 

 

“Y habréis de oír de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado! No os alarméis, porque es necesario que todo esto suceda; pero todavía no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino, y en diferentes lugares habrá hambre y terremotos.  Pero todo esto es sólo el comienzo de dolores”.  (Mateo 24:6-8).

 

 “Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y les causarán la muerte”.  (Mateo 10:21).

 

Ha pasado mucho desde que estos mensajes inspirados por Dios fueron revelados en las Escrituras a manera de aviso y advertencia.

 

Como cristianos estamos presenciando lamentablemente un paulatino deterioro y  decadencia de la sociedad como tal.  Malas noticias son proclamadas todos los días  en diferentes medios de comunicación como “moneda corriente” con el agravante de ir in crescendo

 

¿Pero será así tal cuál?  ¿Será que los medios se encargan de mostrar un 85% de malas noticias en comparación a un 15% de buenas?  ¿Será adrede, o será que en realidad desde los cuatro puntos cardinales del planeta, Norte a Sur, Este a Oeste suceden cosas malas?  Creo que llegado el momento del veredicto, la última apreciación es la acertada.

 

La intolerancia, la incomprensión, el egoísmo, la corrupción, el resentimiento, la lascivia, la falta de escrúpulos, economías mal administradas, falta de perdón, la pérdida paulatina de valores morales, el odio, las ansias de poder y ambiciones desmedidas, el poco respeto y amor por la vida (propia y ajena), la rebeldía, el descuido a nuestro prójimo, están corrompiendo la mente y los corazones de la humanidad.  Los valores se están tergiversando.  Se está caminando en sentido contrario a la voluntad del corazón de Dios.  

 

Hoy todo da igual, todo está bien y todo se permite mientras satisfaga.  Aunque el apóstol Pablo en 1 Corintios 10:23 deja una advertencia: “Todo es lícito, pero no todo es de provecho. Todo es lícito, pero no todo edifica”. 

 

Al prójimo no se lo cuida, no se lo respeta.   A la hora de tomar decisiones, prevalece el interés personal.  El “otro” no tiene ni voz ni voto ni es considerado o tomado en cuenta.  El “otro” deja de importar, es secundario.

 

Más de uno podrá pensar que en la historia de la humanidad, hechos, situaciones o comportamientos lacerantes siempre han existido.  Desde el mismísimo comienzo de los tiempos donde Caín asesinó a su hermano Abel, han dejando la puerta abierta a todo lo que vendría a posteriori.  Con motivo alguien puede sugerir que: “las atrocidades vienen sucediendo desde el comienzo de los tiempos y que no hay nada nuevo bajo el sol”.

 

Pero hay una realidad palpable y evidente.   Así como se le dio el “espaldarazo” a Dios y se desechó o tergiversó la palabra de Jesús y su vida a lo largo de los tiempos, en este siglo XXI y a medida que vayamos adentrándonos en el tiempo, hechos y situaciones irán empeorando.  Mientras el mundo continúe apartándose más de Dios y de Jesús como modelo de vida a seguir y deje de ser sensible a la voz del Espíritu Santo que guía por la senda del bien, la senda de luz; las tinieblas irán “apoderándose” de todo.

 

¡Roguemos! Utilicemos la oración como preciosa arma de guerra que Dios nos ha dado para luchar contra el mal y humillémonos delante de su Majestad, el Señor de toda la creación reconociendo su potestad, reconociendo que sin Él, nada somos.

 

Clamemos, imploremos hasta las lágrimas, arrodillémonos cada uno en el país donde ha nacido o en el lugar donde le toque vivir, para que la luz del Evangelio, el conocimiento del Señor Jesús llegue hasta los confines de la tierra.  Oremos para que los corazones sean sanados, las vidas transformadas y sean quitados los velos que ciegan el verdadero conocimiento y entendimiento de la Verdad.

 

Oremos también por nuestros gobernantes y “…por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad". (1 Timoteo 2:2).

 

Como cristianos sensibles a la voz del Espíritu Santo debemos presentar al Señor Jesús a aquellos que aún no tuvieron el privilegio de conocerlo para hacerles saber que otra forma de vida SÍ es posible.  Esa única vida que los llevará a los lugares celestiales. 

 

“Yo soy el camino, la verdad y la vida.  Nadie llega al Padre sino por mi”.  (Juan 14:6).

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