El valor de confrontar con la Palabra

 

Durante cuarenta años la tarea de Jeremías profeta de Dios resultó ser nada fácil ni placentera.

 

Durante cuatro décadas sirvió como vocero de Dios para Judá, pero cada vez que hablaba el pueblo no lo escuchaba.  Con firmeza y vehemencia los exhortó a que volvieran a Dios, pero a ninguno le importó.  Fue un profeta pobre sin riquezas materiales que sufrió privaciones para profetizar.

 

A los ojos del común de las personas, Jeremías no representaba ningún éxito.  Es más, representaba una piedra de tropiezo y un estorbo para la vida cotidiana.  Todos esperaban su caída (Jeremías 20:10) y cada día era el hazmerreir y se burlaban de él (Jeremías 20:7).

 

Pero a los ojos de Dios Jeremías fue una de las personas de más éxito en toda la historia.  ¿Y qué significa tener éxito para Dios?  Tener éxito para Dios implica obedecerle y ser leal a Él.

 

A pesar de la oposición, el oprobio, la falta de interés recibido o siquiera que tomasen en cuenta sus profecías, la palabra de Dios fue proclamada con valor y fidelidad y fue obediente a su llamado.  La palabra de Dios era como un fuego ardiente encerrado en sus huesos y a pesar de sus esfuerzos por contenerla, no lo lograba (Jeremías 20:9).

 

Jeremías tuvo que confrontar a mucha gente con su pecado: reyes, falsos profetas, los que estaban en los templos y a las puertas de la ciudad.  La falta de respuesta y de reacción en la gente hizo que se planteara si realmente estaba haciendo algún bien.

 

Varias veces se sintió amargado y desalentado.  Ser vocero de Dios fue una tarea ardua y con un costo personal muy grande.

 

Dar a conocer o presentar el mensaje de Dios a otro, al que no cree, es muchas veces desalentador, cansa y desanima.  Como cristianos, en este siglo también tenemos la responsabilidad y  la tarea de hacer conocer la Palabra por más dura que sea a un mundo que va en franca pendiente.

 

Aunque podamos sentirnos desalentados por la falta de respuesta, debemos seguir hablando a los demás de las consecuencias del pecado y la esperanza que Dios ofrece.

 

No nos desanimemos, presentemos la única verdad que traerá libertad (Juan 8:32) más allá de que no sean esas lindas palabras que alguno quisiera escuchar.  Debemos confrontar con las Escrituras y permanecer fieles al mensaje de Dios evitando acomodar la Palabra a  nuestra voluntad (Deuteronomio 4:2 – Apocalipsis 22:19).

 

La fortaleza para llevarlo a cabo será la misma que tenía el profeta Jeremías que es la que el Espíritu Santo impondrá en nosotros para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros y sobrellevar las contrariedades de la vida. (2 Corintios 12:10).

 

Estemos tan seguros como Jeremías en que “…el Señor está conmigo como campeón temible; por tanto, mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán. Quedarán muy avergonzados, pues no han triunfado, tendrán afrenta perpetua que nunca será olvidada”. (Jeremías 20:11).

The courage to confront the Word

 

 

Based on: Jeremiah 20: 7-18

 

For forty years the task of Jeremiah the prophet of God proved to be neither easy nor pleasurable.

 

For four decades he served as God's spokesman for Judah, but every time he spoke the people did not listen to him. He strongly and vehemently exhorted them to return to God, but none of them cared. He was a poor prophet without material wealth who suffered hardships to prophesy.

 

In the eyes of ordinary people, Jeremiah did not represent any success. Moreover, it represented a stumbling block and a hindrance to daily life. Everyone expected his fall (Jeremiah 20:10) and every day was a laughingstock and they made fun of him (Jeremiah 20: 7).

 

But in the eyes of God Jeremiah was one of the most successful person in all of history. And what does it mean to be successful to God? Successful for God implies obeying Him and being loyal to Him.

 

Despite the opposition, the reproach, the lack of interest received or even taking into account their prophecies, the word of God was proclaimed with courage and fidelity and was obedient to his call. The word of God was like a burning fire enclosed in his bones and despite his efforts to contain it, he could not do it (Jeremiah 20: 9).

 

Jeremiah had to confront many people with their sin: kings, false prophets, those who were in the temples and at the gates of the city. The lack of response and reaction in the people made him wonder if he really was doing any good.

 

Several times he felt bitter and discouraged. Being a spokesperson for God was an arduous task with a very large personal cost.

 

To disclose or present the message of God to another, who does not believe, is often disheartening, tiresome and discouraging. As Christians, in this century we also have the responsibility and the task of making the Word known, no matter how hard it is, to a world that is on a steep slope.

 

Although we may feel discouraged by the lack of response, we must continue to tell others about the consequences of sin and the hope that God offers.

 

Let us not be discouraged, let us present the only truth that will bring freedom (John 8:32), beyond those beautiful words that anyone would like to hear. We must confront the Scriptures and remain faithful to the message of God by refraining from accommodating the Word at our will (Deuteronomy 4: 2 - Revelation 22:19).

 

The strength to carry it out will be the same as that of the prophet Jeremiah, which is what the Holy Spirit will impose on us to courageously act what God wants of us and bear the setbacks of life. (2 Corinthians 12:10).

 

Let us be as sure as Jeremiah in that “…the Lord is with me like a mighty warrior; so my persecutors will stumble and not prevail.  They will fail and be thoroughly disgraced; their dishonor will never be forgotten”. (Jeremiah 20:11).

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