Justicia de Dios - (II Última Parte)

December 14, 2019

“El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento”. (2 Pedro 3:9). 

 

En la primera parte hacíamos mención a ambas injusticias, la social y la ecológica.  Ambas significan un reto para la humanidad; el grito de los pobres y el grito de la tierra. 

 

Hombres y mujeres con sensibilidad moral claman por la justicia de Dios, sin embargo quedan perplejos cuando esta no llega.  Pero esto no es un problema actual, ya años atrás el padre de la fe, Abraham se indignó porque Dios quería llevar a cabo la destrucción de Sodoma y Gomorra aniquilando a los injustos con los justos.  Por eso su desesperado cuestionamiento: “¿En verdad destruirás al justo junto con el impío? Tal vez haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿en verdad la destruirás y no perdonarás el lugar por amor a los cincuenta justos que hay en ella? Lejos de ti hacer tal cosa: matar al justo con el impío, de modo que el justo y el impío sean tratados de la misma manera. ¡Lejos de ti! El Juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?”  (Génesis 18:23-25).

 

La búsqueda de la justicia ha sido un tema recurrente en las Escrituras. Los malvados prosperan y los inocentes sufren.  Que ambigüedad.  Los personajes y autores de la Biblia vienen luchando con esta cuestión desde tiempos antiguos.

 

Hemos leído hasta el hartazgo de que el pecado y la transgresión humana son merecedores del juicio divino.  ¿Por qué, entonces, no vemos con mayor frecuencia que los pecadores reciban castigo?  Pareciera que con facilidad logran escapar de sus malas obras con impunidad.  Los malvados e injustos prosperan, gozan de buena salud y les sobre abundan riquezas.  A pesar de su violencia, su rebeldía, arrogancia e insolente desafío a Dios, siempre se la pergeñan para salirse con la suya (Salmo 73).  

 

Pareciera que ningún tribunal de justicia hiciese honor a la verdad juzgando como debiera; haciendo cumplir lo que la ley establece.  Pareciera que Dios no escucha el clamor de los justos y terminamos enojándonos con Él.  ¿Quizás le estemos exigiendo que resuelva lo que nosotros tendríamos que resolver?  ¿Será que le cargamos a Dios que sea él quien haga la justicia que nosotros no tenemos ni la libertad ni el coraje de hacer, ya que es privativo de Dios el tomar acción?  No hay respuesta fácil para estos interrogantes.

 

Por otro lado, los justos, muchas veces son acosados por desastres e impiedad.  No es sólo que Dios pareciera no protegerlos, sino que parece no contestar sus oraciones ni preocuparse por su destino.  Muchas veces nos sentimos necesitados de una “teodicea”, una vindicación de la justicia de Dios.

 

En otras palabras, si Dios desde  la antigüedad se ha mostrado inactivo frente al pecado no ha sido por indiferencia moral sino por su paciencia.  Paciencia, que permite mantener la puerta abierta de la oportunidad un poco más, “El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento”. (2 Pedro 3:9). 

 

Así que si bien, Dios en su paciencia temporariamente dejó sin castigo los pecados, con justicia los castigó, al condenarlos en Cristo.  Demostró su justicia llevando sobre sí mismo el castigo en la persona de Cristo (Hechos 17:31).  Ahora nadie puede acusar a Dios de pasar por alto el mal.  Nadie puede suponer indiferencia moral o injusticia de su parte. Y lo hizo públicamente no sólo con el fin de ser justo sino que también se lo vea como justo.

 

En la cruz de Cristo se demuestra con igual intensidad tanto la justicia de Dios, al juzgar el pecado, como su misericordia, al justificar al pecador. 

 

Por otro lado, la manera en que Dios castigará el mal será en el juicio final  “Mas por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios…”  (Romanos 2:5).

 

Aunque los que cometen iniquidades se muestren tan confiados, ese lugar es más resbaladizo de lo que se imaginan.  Caminan en la cuerda floja llegará el día en que caerán aplastados por el juicio justo de Dios.  (Romanos 12:19).

 

A pesar de que al  momento no veamos el inmediato castigo por cada pecado, el juicio final de Dios será una realidad, un hecho a consumarse.  (Apocalipsis 20:11-15).   Pero en el ínterin, nos corresponde humanizar más este mundo haciéndolo más habitable, porque si el mundo está así tan contrariado y desprejuiciado, pareciendo estar al revés, no es porque haya sido intención u obra de Dios hacerlo de esa manera, sino porque el ser humano ha permitido que así fuese.

 

Como cristianos, será necesario un mayor esfuerzo en dar a conocer la Palabra, los caminos de Dios y la gratuita salvación que Jesús ofreció con su muerte.  Prestemos atención al legado de Jesús; la “gran comisión” (Mateo 28:19-20).

 

Hemos sido llamados a dar a conocer  el evangelio, el reino de Dios y somos los encargados de alumbrar en medio de las tinieblas para enaltecer la “Justicia de Dios”.

 

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