Jesús en medio de la Tormenta

Si hay algo que asusta a mis perras (en especial a la salchicha) y les produce un pánico terrible, son las tormentas.  El silbido del viento y en particular los truenos las aterra. Resulta que sus oídos son tan sensibles que cuando cae un rayo no encuentran lugar en la casa donde esconderse.

 

De hecho, he vivido alguna que otra tormenta navegando por el Atlántico y Río de la Plata que llegaron a paralizarme.  Las inmensas y desenfrenadas olas golpeando con toda su furia la embarcación llevándola de un lado a otro como si fuese una cáscara de nuez, sumado a la sensación de mareo y claustrofobia ya que no hay escapatoria posible, me aterraba.   El solo hecho de pensar que podíamos llegar a zozobrar en cualquier momento me asustaba muchísimo.

 

Y sí, el temor y el miedo, paralizan, lo anulan a uno.

 

Creo que algo así debe haberle pasado a los discípulos de Jesús (a pesar de que algunos de ellos eran pescadores avezados que conocían bien el mar de Galilea con sus inesperadas tormentas), al desencadenarse la tormenta en medio del mar con toda su furia.  El terror los debe haber paralizado pensando que en cualquier  momento iban a naufragar.

 

Y sí, el temor y el miedo, petrifican.  Cuesta racionalizar lo que se está viviendo cuando de repente surge la adversidad.

 

Quizás cueste entender un tanto la escena.  Pensar que esos discípulos que venían de acompañar a Jesús y presenciaron sus milagros y sanidades (curación de un leproso Marcos 1:40-45, curación de un paralítico 2:1-12; Jesús sana a la suegra de Simón y a muchos otros, Marcos 1:1-39), olvidaron en ese preciso momento que estaban en presencia del Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16).  A pesar de ello, el temor y el miedo los paralizó.  Perdieron la confianza.

 

El ser humano necesita imperiosamente tener todo bajo su control. Eso le permite sentirse seguro y confiado pero cuando por alguna circunstancia no lo consigue, sobreviene la desconfianza, el temor y el pánico.

 

Y así fue como los discípulos desesperados y abatidos buscaron despertar a Jesús que “dormía muy plácidamente” en popa.  Estoy casi segura que Jesús estaba muy al tanto de la situación, como también seguro de quien era y que los que estaban con él, nada les iba a pasar.

 

Minutos antes de subir a la barca Jesús les había anticipado: “pasemos al otro lado” (Marcos 4:35).  Esto tendría que haber sido un cheque al portador para ellos y haberles dado la seguridad de que a buen puerto llegarían todos. Pero el temor y el pánico fueron mayores haciéndoles olvidar con quien estaban.  Por causa de la tormenta, olvidaron confiar en Jesús. 

 

Cuando llega la tormenta, lo imprevisto, lo desconocido, cuando las situaciones escapan de nuestras manos, surge el temor, perdemos la confianza y tendemos a olvidarnos del Señor en vez de buscarlo en oración confiando en que él obrará abriendo puertas donde haya que abrirlas y cerrándolas toda vez que sea necesario.

 

Él nunca se toma un feriado largo o se va de vacaciones o ignora la fragancia de las oraciones de los santos (Apocalipsis 8:3-4) que suben al cielo hasta su Majestad.  Siempre está pendiente, siempre presto a los que le buscan con reverencia, con espíritu humilde y de todo corazón  (Jeremías 29:13).

 

Por eso, luego de rogarle los discípulos a Jesús que haga algo, él calma la tormenta pero no sin antes preguntarles: "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?” (Marcos 4:40).

 

Algunas veces nos toca atravesar  tormentas donde tenemos la impresión de que Dios no está, o  no escucha, o no se interesa por lo que estamos pasando y como resultado, perdemos la fe.  

 

Sin ir más lejos la humanidad entera está sufriendo una pandemia sin precedentes.  Y lo que en este momento altera más allá de la enfermedad en sí es la incertidumbre de no saber cómo se cura este virus, cuánto tiempo durará, sus consecuencias, qué pasará a nivel mundial con la economía, etc. etc.  Son todos cuestionamientos que la humanidad entera se plantea a todo nivel.

 

Evidentemente en este momento de fragilidad, debemos ser prudentes, sensatos, seguir las indicaciones del gobierno, de las autoridades pertinentes y respetando las reglas sanitarias aconsejadas.  El acatamiento a las disposiciones impartidas, la prevención y la responsabilidad en este estadio son cruciales para combatir al enemigo invisible tan temido. De la observancia dependerá la propia salud y la del prójimo.

 

Como cristianos, el hecho de estar andando fielmente en los caminos del Señor no nos librará de atravesar tormentas y tempestades en la vida.  El Señor no promete continuos tiempos de bonanza a los suyos, ni que seamos librados siempre de experiencias amargas o de peligro.  

 

Y sí, la tormenta nunca viene sola,  viene acompaña del temor y el pavor que paralizan.

 

Enfrentar la tormenta, requiere fe, confianza y valentía.  Es estar seguros de que Dios tiene el control y poder sobre cada tormenta.  Si Dios es capaz de tener poder sobre el viento y las olas, entonces no deberíamos asustarnos.  Probablemente  no podamos cambiar la situación que nos afecta, pero podemos optar por confiar fielmente en Dios manteniendo los ojos puestos en el cielo, lugar de su Majestad.

 

Confiar en Dios implica no dejarse aterrorizar por las dificultades o pruebas de la vida. Nuestra firme confianza en la providencia del Señor nos traerá paz aun en medio de las peores situaciones y tormentas más severas.

 

Es en ese  momento cuando debemos permanecer en él, ser firmes a pesar de.  Lo importante es no fijarnos en el tamaño de la tormenta sino en el que la puede calmar.

 

Si eliges mirar a Jesús por encima de todo lo demás, comenzarás a ver que la tormenta que enfrentas no es tan poderosa y tiene solo un tiempo de vida.  Quizás el tiempo de espera sea demasiado largo para lo que uno espera, pero recordemos que no son eternas.

 

Nuestra fe debe prevalecer creyendo con toda confianza que Dios está en control absoluto, no solo de nuestro planeta Tierra, sino de todo el Universo, de todo lo creado sea visible como invisible y que nuestro Señor Jesucristo calmará la tempestad porque Él es el que siempre estará en control de la tormenta.

 

De esa manera caminaremos sobre las aguas sin hundirnos, porque el Salvador camina a nuestro lado y así declarar con fe: “… sufro todas estas cosas… pero yo sé en quién he puesto mi confianza…” “…yo sé en quién he creído…” (2 Timoteo 1:12).

 

¡Y tú! ¿En quién has puesto tu confianza?

 

Yo, personalmente la he puesto en el que “…domina el mar embravecido, y calma sus olas agitadas”. (Salmo 89:9).

 

Confiemos que al arreciar la tormenta, Jesús estará siempre con nosotros.  El profeta Isaías lo profetizó (7:14) al decir que pronto nacería un niño el cual pondrían “…por nombre Emanuel, es decir, “Dios con nosotros”.

 

El mismo Señor peleará por nosotros. Solo debemos confiar y quedarnos tranquilos.‪  (Éxodo 14:14).

 

Al acompañarnos Jesús, nada podrá impedir que lleguemos “al otro lado”. (Marcos 4:35).

 

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