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No dejes que los miedos te paralicen

Basado en: Romanos 8: 37

“…somos en todas estas cosas… más que vencedores por medio de aquel que nos amó”.


No siempre en esta vida, las cosas van a suceder como quisiéramos. Muchas veces creemos que todo se va a dar sobre rieles, y otras creemos los que nos venden, que todo es espléndido, sensacional y fabuloso como en Disneyworld, mientras la realidad que se nos presenta es otra.


Cuantas veces pensamos que vamos a caminar por caminos llanos y tapizados con pétalos de rosas, pero esa no es la realidad, esa es la que nos venden. Llegan momentos inesperados cuando nos enfrentamos con la dura realidad, un pozo inundado y lodo en medio del camino. Jesús lo había anticipado “En el mundo tendréis aflicción…” (Juan 16:33).


Ante ese escollo, todo dependerá de la actitud que tomemos. Puede que nos quedemos estancados observando la complicación y el infortunio y decir: “qué mala suerte tengo” o quizás el miedo nos congele e inmovilice no sabiendo cómo proceder, o tal vez avancemos apresurada y vehementemente sin medir consecuencias. Pero en ese lugar donde estemos y en el espíritu hallaremos un rinconcito para la oración donde consultar a Jesús, y la respuesta no tardará en llegar. Tomados de su mano nos indicará si podemos pasar hacia “el otro lado”, avanzar a lo que está por delante, o quizás nos señale que no sea el momento preciso para avanzar, sino que debemos esperar, y en otros, nos indique retroceder.


Siempre recordemos, Jesús es el que abre puertas y el que las cierra (Apocalipsis 3:7) y el que trae paz a nuestras decisiones. Estemos atentos a su voz, a su indicación, porque debajo y hacia adelante de ese pozo con lodo, existe el camino y quizás sea la meta aguardándonos. Solo debemos saber “el momento” justo para hacerlo, pues “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. (Eclesiastés 3:1), y el Señor nos lo mostrará a su manera.


Jesús también sufrió avatares en la vida. Jesús era ciento por ciento Dios y ciento por ciento hombre, (es lo que llamamos la unión hipostática) y en su calidad de humano; creció en sabiduría, se cansaba, tenía hambre, tenía sed, fue tentado por el diablo, se lamentaba, se entristecía, lloró, se decepcionaba, se enojaba.


Para él, el camino no fue nada fácil, ni placentero. Sus tres años de ministerio fueron los mejores años para un hombre joven. Quizás en algún momento haya llegado a pensar en tener una familia, esposa e hijos, pero él tenía bien en claro cuál era su misión, su ministerio y eso era su dedicación y entrega como sacrificio vicario para que tanto ustedes como yo tengamos vida eterna.


Jesús mientras estaba en la tierra hizo la voluntad del Padre (Juan 5:30) y de manera muy significativa, confiaba en el poder sobrenatural del Espíritu para hacer todo lo que se le había encomendado. El reino de los cielos se había acercado (Mateo 4:17) y Jesús enseñaba, hacía milagros y obedecía la ley para “cumplir con toda justicia”.


Arranquemos de nuestra cabeza el “no puedo”, “no llego”, “no sé”, “tengo miedo” “no estoy preparado”, “no estoy seguro”, "no sirvo". Por consiguiente, en medio de tanto dolor, dificultades, contrariedades, incertidumbre, incomprensión, soledad, sigamos caminando seguros con la frente bien en alto porque “…somos en todas estas cosas… más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. Romanos 8:37

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