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Sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados


Cristo es la resurrección y la vida, y todo aquel que en él cree, no se perderá, más tendrá vida eterna. (Juan 3:16).


Es Pesaj para el pueblo judío y Pascua para los creyentes en Cristo.


El pueblo judío conmemora que Hashem (Dios) los libertó de cuatrocientos treinta años de esclavitud en Egipto (Éxodo 12:40).


Dios había ordenado a Moisés y a Aarón que debían tomar un cordero macho sin defecto (Éxodo 12:5), y en un tiempo determinado sacrificarlo debiendo pintar con su sangre, los dinteles de las casas (Éxodo 12:7).


Esto serviría de señal ya que el Señor pasaría para herir a los egipcios, pero cuando viese la sangre en el dintel y en los dos postes de la puerta, pasaría de largo por aquella puerta no permitiendo que el ángel destructor entrase en esa casa para herirlos.


Esto significaba el “sacrificio de la Pascua” (Éxodo 12:27) siendo una prefiguración del sacrificio de Jesús; y “la sangre del cordero”, su sangre derramada (Éxodo 12:7; 13; 22–23; 27). De ahí cuando Juan el Bautista ve a Jesús exclama: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29).


Los cristianos festejamos la Pascua que bien tiene su similitud con el Pesaj.


Los israelitas no solamente debían sacrificar un cordero sin defecto, sino que evitarían quebrar ninguno de sus huesos (Éxodo 12:46), señal que también se cumplió en la muerte de Jesús. Pues la manera de acelerar la muerte por crucifixión era rompiendo las piernas de los reos. Las piernas de los dos hombres crucificados junto a Jesús fueron quebradas, “…pero cuando llegaron a Jesús, como vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas…” (Juan 19:33).


Bajo la antigua alianza, la sangre de un cordero inocente protegió al pueblo de Dios en la primera Pascua (Éxodo 12:1–30), bajo la nueva alianza, estamos en una posición infinitamente mejor. La sangre derramada de Jesús (el Cordero inmolado de Dios) nos limpió y protege permanentemente (Hebreos 9:12–26). Con su sacrificio, Él nos salvó. Dios mismo vino a afrontar la responsabilidad de nuestros errores dándonos la posibilidad de presentarnos limpios delante de él.


Jesús era el “sustituto” perfecto y mediante su sangre derramada y muerte, fuimos justificados, aceptados, reconciliados y adoptados por Dios Padre.


Sin este derramamiento de sangre y sacrificio no hubiese sido posible redención alguna, pues absolutamente “todos” estábamos bajo la esclavitud del pecado desde que Adán y Eva desobedecieron el mandamiento de Dios (Génesis 3).


Quizás sea fácil distraerse en Semana Santa olvidando el verdadero sentido de la Pascua. Pero intenta recordar su real significado y alabar al que “Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas…” (Hebreos 1:3) y dar toda la honra al que “…es el resplandor de (la) gloria del Padre y la expresión exacta de su naturaleza…” (Hebreos 1:3).


Mediante el sacrificio de Jesús, fuimos redimidos y libertados, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3:16) y así poder decir: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos”. (Apocalipsis 5:13).


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