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Un atajo al infierno



En un mensaje anterior: Vencedor o vencido nos referíamos al valor, la valentía y el coraje que tuvieron Daniel y sus tres amigos a lo largo del exilio en Babilonia. En este caso, consideraremos otro aspecto relatado en el capítulo 2 de Daniel versículos 1 al 28, donde se narra que el rey Nabucodonosor “…tuvo… sueños, y se perturbó su espíritu, y se le fue el sueño”. En hebreo, la palabra para "perturbado" es tocar / golpear regularmente / un golpeteo. Estos sueños, como un golpeteo o toque regular (de un tambor, etc.), agitaron y preocuparon al rey sobremanera.


Algo similar sucede cuando despertamos de una pesadilla. Nos levantamos con una vaga sensación de intriga e intranquilidad. Quizás recordemos el sueño, aunque en otros casos por más que nos esforcemos será inútil traerlo a la memoria. Todo resulta incierto y confuso en nuestra mente.


Y esto es precisamente lo que le sucedió al rey Nabucodonosor quien venía teniendo sueños (nótese el plural) perturbadores “…tuvo Nabucodonosor sueños…”, los cuales no solamente no recordaba, sino que lo afectaban en extremo. De ahí la imperiosa necesidad del rey en descifrar el significado de sus sueños.


Su preocupación, fue motivada porque en la antigüedad los sueños eran trascendentales y considerados de suma importancia ya que creía era una manera en que los dioses se comunicaban con los mortales enviándoles sus mensajes. Tal era así, que los babilonios como los egipcios llevaban un registro de los sueños en lo que pasó a conocerse como el “libros de los sueños”.


De ahí que sus inciertos e incomprensibles sueños le trajeron intranquilidad llegando a pensar que las noticias no eran un buen presagio, sino de mal augurio. Parecía ser un mensaje amenazante. Algo desastroso podía llegar a sucederle o a su reino, por consiguiente, ordenó reunir a las mentes más brillantes de toda Babilonia para que descifrasen el asunto del rey.


Y así fue como el rey concertó a los magos, los astrólogos, los brujos y hasta los mismos caldeos quienes eran la elite culta quienes intentaban predecir el futuro por medio de cálculos matemáticos, y el pensamiento filosófico.


Desde tiempos ancestrales, el ser humano ha tenido curiosidad por conocer el futuro. Y esto no es privativo de alguna clase social, edad o cultura, sino que a través de las diferentes épocas personas de diversos segmentos sociales y edades (presidentes, políticos, farándula, estrategas, investigadores, etc.) han incursionado con los astrólogos, sanadores, tarotistas, médiums y videntes, creyendo vanamente que les podían predecir el futuro o dar indicaciones en cuanto a una determinada situación. Otros han empleado los servicios de los adivinos y los médiums para resolver asesinatos y hasta solucionar conflictos amorosos o hablar con algún ser querido fallecido.


Como en el caso de estos “sabios expertos” convocados por el rey, todos fracasaron por completo. Fueron un fraude. Quedaron humillados frente al rey al no saber el asunto del sueño. Ninguno de sus sabios llevaron alivio al rey dándole la interpretación. Ellos le aseguraban de que era imposible, de que “No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto del rey…” (v.10).


Ante la impotencia y desconcierto, el rey montó en cólera ordenando que fueran muertos todos los magos del reino, entre los que se encontraba Daniel y sus amigos. Cuando este se entera “…entró y pidió al rey que le diese tiempo, y que él mostraría la interpretación al rey”. (v. 16).


Daniel no tuvo temor, aceptó el desafío, él sabía bien en quién confiaba (2 Timoteo 1:12).


Ellos recurrieron al Dios que:

  • Cambia tiempos y edades (v.21),

  • Tiene el poder y la sabiduría (v.20),

  • Quita reyes y pone reyes (v.21),

  • Da sabiduría a los sabios (v.21),

  • Da ciencia a los que tienen entendimiento (v.21),

  • Conoce lo que está en tinieblas y la luz mora en él (v.22),

  • Revela lo profundo y lo escondido (v.22).


Y así fue como al orar con fe al Dios que “…revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas…” (Daniel 2:22), el asunto del rey le fue revelado a Daniel.


Daniel y sus amigos nunca dejaron de confiar en Dios. Su total dependencia en Dios permitió que asumieran el desafío de darle la interpretación al rey. Daniel sabía que, invocando a Dios le traería revelación y así fue. Daniel y sus amigos tuvieron esa fe capaz de mover montañas porque ellos habían puesto su esperanza en Jehová y sabían que no les sobrevendía ningún mal, ni los defraudaría.


Solo Dios es capaz de deshacer “…las señales de los adivinos, y enloquezco a los agoreros; que hago volver atrás a los sabios, y desvanezco su sabiduría”. (Isaías 44:25).


Desde toda la vida han existido brujos, astrólogos, espiritistas, médiums, tarotistas, por mencionar solo algunos, que con astucia prometen a personas desamparadas, con problemas, dificultades, y angustiadas, que, mediante sus indicaciones y conjuros, sus cuestiones quedarían resueltas.


Pero no creas tales mentiras, todo es una vil falacia, un engaño. No creas lo que te dicen y prometen, ellos han hecho alianza y pacto, NO con el Dios Altísimo, el que percibe lo que está en tinieblas y el que mora en la luz, sino con las fuerzas malignas. Si confías en ellos, en sus métodos y sus patrañas, será un corto y rápido atajo hacia el infierno, será tu perdición. Ellos, no actúan conforme a la voluntad de Dios, sino que en franca rebeldía actúan en contra de Dios conforme a las huestes malignas. Ellos solo profetizan falsedad, de la misma manera que Eva fue engañada en el Jardín del Edén por Satanás “…el cual engaña al mundo entero…” (Apocalipsis 12:9).


La actitud de Daniel de invocar a Dios en busca de su ayuda debería ser nuestra norma en tiempos de apremio, duda, desconsuelo y crisis. Si no confiamos, si no tenemos puesta nuestra mirada en Cristo nuestro Salvador, imposible salir adelante y ser más que vencedores (Romanos 8:37).


Fortalezcámonos en el Señor “…y en el poder de su fuerza”. (Efesios 6:10).


Confiemos plenamente en el Señor como confiaron Daniel y sus amigos y evitemos confiar en “…los hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos (quienes) tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”. (Apocalipsis 21:8).


Al apoyarnos en Su palabra, al tener la certeza de que Dios es el Señor de la vida, nos sentiremos confiados de saber que estamos bajo Su protección, más allá de todo conflicto que debamos enfrentar. Cuando confiamos en la misericordia y en el poder del Altísimo, evitaremos ser conmovidos y seremos capaces de desenmascarar a los que nos salen al cruce con trampas, falsedades y engaño.


Recuerden, todo lo podemos “…en Cristo que me (nos) fortalece”. (Filipenses 4:13), puesto que somos “…más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. (Romanos 8:37).


Dejemos todo temor de lado, porque “…mayor es el que está en vosotros (nosotros), que el que está en el mundo”. (1 Juan 4:4).


Ante toda adversidad, recurramos al único “REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apocalipsis 19:16), que Él nos revelará lo profundo y lo escondido a la luz de la verdad.

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